Los dictados no deberían convertirse en una fuente de ansiedad, frustración o humillación para el alumnado con dislexia.
Detrás de muchas faltas de ortografía no hay falta de interés, ni de esfuerzo, ni de capacidad.
Hay una dificultad real en el procesamiento fonológico, la memoria de trabajo y la automatización de la lectura y la escritura.
Cuando un examen se llena de marcas rojas, tachones y mensajes negativos como “no te esfuerzas” o “debes trabajar más”, el niño no solo corrige palabras… también empieza a cuestionar su inteligencia y su autoestima.
Por eso es fundamental adaptar los dictados y corregir desde una mirada inclusiva y positiva.
Un dictado adaptado no significa bajar el nivel.
Significa dar oportunidades reales para aprender sin destruir la confianza del alumno.
Porque un niño que se siente comprendido aprende mejor.
Y un niño que cree en sí mismo puede llegar muy lejos.


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